Nota: El presumible corazón de América de Nélida Piñon
*Discurso de Nélida Piñon para la recepción del Premio Juan Rulfo 1995.
La memoria de la mujer está en la Biblia. Aunque ella no haya sido la interlocutora de Dios. Esta memoria también se encuentra en los libros que la mujer no escribió. Una memoria que fue usurpada por los narradores cuando vedaron a la mujer el acceso al registro político de su experiencia. Y al convertirse ellos en los intérpretes únicos de esta memoria, fatalmente se nutrieron de una red de intrigas, de diálogos amorosos, de confesiones hechas en el lecho de muerte, es decir: la materia preciosa depositada en el corazón femenino. En algún lugar de la mujer, y sólo ahí, se alojaron, para siempre, las espinas de las interminables peregrinaciones humanas por la tierra, sin las cuales ninguna obra de arte hubiera podido ser escrita. Por eso la mujer puede muy bien proclamar, en nombre de la herencia que le cedió a la humanidad, ser ella la otra cara de Homero, la otra cara de Shakespeare, la otra cara de Cervantes.
Guardiana entera de los sentimientos primigenios de los hombres y de los dioses, la mujer conservó en el acueducto de su singular memoria la fulgurante y dramática historia universal. Preservó los vestigios de una memoria ancestral que, aunada a su propia percepción narrativa, la indujeron a ejercer en el pasado su oficio de mirona, y a cultivar, en medio de tantas afrentas, una rebelión que consistía simplemente en hacer aflorar cada día su memoria recalcitrante, relegada una y otra vez por la memoria elocuente y arbitraria del hombre.
Y mientras los siglos la hacían envejecer, la mujer cuidaba celosamente la reproducción de los sentimientos nacidos de su visión particular de la realidad. Y cuando era impelida a olvidar lo que sabía, alimentaba la memoria con miel y pan ázimo. Fortalecía el pecho con trozos de sus íntimas revelaciones para que nada le faltara en el futuro, cuando comenzara a narrar. De cualquier modo, sin ejercer aún el derecho de dar la pauta escrita a su arqueología, a la misericordia de su constreñimiento social, se adiestró ella sola en el juego del misterio y de la simulación para enriquecer su arsenal de recuerdos. Hacía brotar del plexus los frutos y las serpientes de la memoria. Cada mañana reproducía, para sí misma, y con intensa voluptuosidad, lo que perduraba bajo el manto de su secreto acervo.
La historia atesorada en el interior de su espíritu.
Aparentemente actuaba obedeciendo los acordes disonantes de la memoria de su pueblo, los sustratos promovidos por su grey. Tímida, iba siguiendo las brechas marcadas por la historia. Le quedaba siempre el desconsuelo de ironizar, en una civilización, que a lo largo de los siglos, interpretó la realidad simplemente, prescindiendo de la memoria y de los sueños de la mujer.Soy una mujer a quien su abuelo gallego le prestó la memoria. Por eso mi abuelo es mi narrativa. En mi ser abundan las memorias de lo que no viví, de lo que no toqué, pero que sí heredé. Mi memoria es el lugar donde siempre han vivido el pensamiento, la emoción, las pasiones humanas. El espíritu de la narrativa me persigue a diario. Sé que el mundo es narrable y que el arte, en medio de la desesperación y la esperanza, consigue tocarlo, e interpreta todas las dimensiones de lo humano.
Tengo el placer de servir a la literatura con memoria y cuerpo de mujer. En mí residen los recursos sigilosos que la mujer engendró a lo largo de la historia, mientras se incorporaba al ceremonioso cortejo que la conduciría a participar de los misterios de Eleusis. Dependo, pues, del uso de máscaras múltiples para iniciar la primera frase de una novela.
Para escuchar mejor las súplicas de mi siglo y de los siglos pasados. Bajo la custodia del tiempo, sufro cada palabra que fabrico.
Narro, porque soy mujer. Narro porque desde mis orígenes cumplo con una creencia protóica. Bajo el ardor de la vida, bajo la epifanía de las palabras, me toca asumir todas las formas humanas. A ninguna de ellas doy la espalda ni cancelo sus voces narrativas. Me declaro hija del imperio humano. En mí resuenan las postreras campanadas que el reloj de la humanidad hace repicar en la llanura valerosa.
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