sin título on Flickr.
“–Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho – me dijo.
Agacho la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.
“– Somos tú y yo – me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.
“– Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo… por eso te andaba buscando – se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para encontrar el tiempo verdadero convertidos en uno solo.
Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en la mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzo los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.
“– Este es el final del hombre– dije.
“– Así es – Contestó con su voz encima de la mía.
Elena Garro, La culpa es de los Tlaxcaltecas.
